
Por Luis “Keshava” Lìévano. (Bogotá)
Periodista, libretista, grafitero, realizador audiovisual, autor de literatura infantil y activista de la comunicación.

Hay días en que el país parece un barco a la deriva. No por falta de rumbo, sino por exceso de tormenta. Es en esos días cuando la figura de Gustavo Petro aparece con mayor nitidez: un hombre frente al timón, no en calma, sino en medio del oleaje.
Habla como quien no ha terminado de llegar. Como si cada frase fuera una tentativa, una aproximación a algo que todavía no se deja decir del todo. En su voz hay cansancio, pero también una obstinación que no cede. No busca tranquilizar: busca despertar. Y eso, en un país acostumbrado al arrullo de las promesas, suele incomodar.
LA HISTORIA EMPIEZA LEJOS DEL MAR
Empieza en Ciénaga de Oro, donde nació un 19 de abril, sin saber que esa fecha, con el tiempo, dejaría de ser solo un dato del calendario para convertirse en una marca. Continúa en Zipaquirá, entre calles de polvo frío y silencios largos, donde creció mirando un país que no explicaba sus heridas, pero las dejaba ver.
Fue un niño de preguntas más que de certezas. De libros abiertos y respuestas incompletas. De esos que no encajan del todo, pero tampoco se resignan.
El 19 de abril -ese día que lo vio nacer- volvería más tarde como eco en la historia, convertido en nombre: el Movimiento 19 de Abril. No es una coincidencia menor. Hay fechas que pasan y hay fechas que regresan. En su caso, la fecha se volvió camino, y el camino, aprendizaje.
Pero esa etapa no tiene el brillo romántico que algunos quisieran. Tiene sombras, errores, encierro. Tiene la conciencia, adquirida a golpes, de que la violencia no corrige el mundo: lo desordena aún más. De ahí sale, no limpio, pero sí distinto. Con una idea que ya no lo abandonaría: cambiar el país sin repetir sus heridas.
Luego vendría el Senado. Los debates. Las carpetas. Los nombres propios. Allí se le vio en otra escena: no en la clandestinidad, sino bajo la luz fría de los archivos. Nombrando lo innombrado. Señalando lo que muchos preferían dejar intacto. No era un gesto heroico: era una forma de insistencia.
PETRO LEE: ESO SE NOTA
Lee libros, pero sobre todo lee el tiempo y vaya que sabe leer el momento.
En las páginas de Gabriel García Márquez encontró algo más que literatura: una forma de entender el país. Esa sensación de que la realidad colombiana siempre está al borde de desbordarse, de que lo improbable no solo ocurre, sino que insiste. Tal vez por eso habla como si estuviera narrando algo que todavía está pasando.
Cuando llegó al poder, no cambió del todo el tono. Cambió el escenario. Gobernar, en su caso, no ha sido instalarse, sino exponerse. Cada decisión levanta una ola. Cada intento de mover lo que parecía fijo encuentra resistencia. Hay días en que el país parece avanzar. Otros, en que parece girar sobre sí mismo.
La economía, la tierra, la salud, el narcotráfico, la selva: todo aparece como piezas de un mismo rompecabezas incompleto. Nada está aislado. Todo está conectado por una historia larga que no termina de resolverse.
Y MIENTRAS TANTO, EL MUNDO MIRA
En escenarios internacionales, su voz no suena cómoda. Tampoco busca serlo. Incluso frente a figuras como Donald Trump, ha preferido hablar desde ese lugar incómodo donde América Latina deja de ser eco y empieza a ser pregunta.
Pero ninguna de esas escenas explica del todo la imagen. La imagen es otra. Un hombre sosteniendo el timón. El agua golpeando. El cielo cargado. El horizonte, apenas insinuado. No hay épica evidente. No hay música de fondo. Solo la tensión de quien sabe que soltar sería más fácil.
Gobernar, en este tiempo, parece eso: no prometer que el mar se calme, sino aprender a no perder el rumbo cuando no se calma. Dicen que todo viaje se juzga al final. Pero hay travesías que se entienden en medio del oleaje. Esta es una de ellas. Y en ese movimiento -entre avance y resistencia- un país entero, aún sin saberlo del todo, sigue a bordo.
Entonces, cuando el viento baja por un instante y el ruido cede apenas, aparece la memoria. No como consigna, sino como presencia. La de Jaime Bateman Cayón, que imaginó una política capaz de hablarle al pueblo sin solemnidad. La de Carlos Pizarro Leongómez, que cambió las armas por la palabra y pagó con su vida ese tránsito. La de Álvaro Fayad Delgado, que encarnó una generación que creyó -con aciertos y errores- que el país podía ser distinto. La de Carmenza “La Chiqui” y la de todos aquellos que dieron su vida soñando un país mejor.
No se trata de absolver la historia ni de embellecerla. Se trata de no olvidarla. Porque en esas vidas truncadas, en esas decisiones extremas, en esos ideales que atravesaron la violencia y buscaron transformarse, hay una pregunta que sigue abierta: cómo cambiar sin destruir, cómo reparar sin repetir.
Petro, de alguna manera, navega también con esos fantasmas. No como carga, sino como memoria. Como recordatorio de que la política en Colombia ha sido, demasiadas veces, una disputa que cobra vidas.
Por eso este viaje no es solo suyo. Es también de quienes creyeron, se equivocaron, insistieron y ya no están. Y quizá, en medio del mar picado, sostener el timón sin renunciar a la vida sea, al final, la forma más difícil -y más necesaria- de honrar su memoria.