
Por Keshava Liévano* (Bogotá)

A mi padre, gran librero, cantante de boleros y aprendiz de poeta, le escuché alguna vez recitar versos de León de Greiff y algunos de Rafael Pombo. Otro día, cuando ya lo había entregado todo y se había pensionado, le pregunté por sus poetas más recordados y me habló de Alberto Angel Montoya, poeta cachaco de finales de siglo, experto en retruécanos y juegos de palabras, y luego mencionó una obra que pasó por sus manos y siempre quiso volver a leer: “Suenan Timbres” de Luis Vidales.
Estas fueron mis primeras referencias, las que me abrieron las puertas a la poesía colombiana. Muchos años después, cuando yo empezaba como rayador de muros y grafitero, escribiendo mis primeras letras para niños, me fui a vivir al barrio Armenia, enclave de artistas y bohemios, de poetas y guerrilleros -valga la redundancia-. Allí conocí a Luis Vidales, mi vecino, a una puerta de distancia.
Nos hicimos amigos. Recuerdo largas noches de conversación: él, en bata, con un cigarro, sentado en su cama, hablando de José Martí y La Edad de Oro, de la grandeza de Nicolás Guillén, de Rafael Pombo, de educación y de revolución, con una mezcla de ironía y lucidez que nunca levantaba la voz, pero siempre dejaba huella.
Este hombre cercano, afable y provisto de un gran humor, era el mismo que décadas atrás había sacudido la poesía colombiana. Nacido en Calarcá en 1904, llegó joven a Bogotá y se instaló primero en el barrio La Favorita, hermoso vividero, en un segundo piso de un edificio en la carrera 16 con calle 18, a la vuelta de la sede de Voz Proletaria. En ese vecindario convertido hoy en negocios de piezas de motocicletas, y en inquilinatos y paga diarios de venezolanos, Luis Vidales escribió «Suenan timbres» (1926), un libro que interrumpió la tradición modernista heredada de Guillermo Valencia.
Introdujo con esta obra, la ciudad -oficinas, relojes, tranvías, vitrinas- y, sobre todo, el humor como método. El poema dejó de ser altar y se volvió puerta:
“Vidales entendió que la modernidad no solo producía fábricas sino también angustias nuevas. Su ironía no es ligera: es una forma de lucidez. El humor en él no suaviza la crítica; la afila. Se ríe del ciudadano, del sistema, del poeta solemne… y de sí mismo”
Luego vendría su vida en el barrio Las Nieves, donde la experiencia urbana se volvió más áspera, más burocrática, más reveladora. De allí surgió “Poemas del abominable hombre del barrio Las Nieves” (1985), donde el monstruo ya no es criatura fantástica sino ciudadano.
Trabaja, paga arriendo, cumple horarios. La modernidad aparece como rutina domesticada. El humor persiste, pero ahora tiene filo social.
Entre esos dos momentos se inscribe también “La casa de los fantasmas” (1985), donde la mirada se vuelve más interior. Los fantasmas son memorias, presencias del tiempo, ecos de lo vivido. Si antes predominaba el ruido de la ciudad, aquí aparece el silencio cargado de recuerdos.
Su estilo se caracteriza por varios rasgos que, vistos hoy, parecen naturales, pero en su momento fueron una irreverencia:
Luis Vidales con su inseparable cigarrillo
*La desacralización del poema: el poema ya no es altar, es laboratorio.
*El uso del humor no como adorno sino como bisturí.
*La incorporación del lenguaje urbano y administrativo.
*La mirada crítica sobre la modernidad y sus rituales burocráticos.
Pero Vidales no fue solo poeta. Fue también un intelectual comprometido. Militó activamente en la izquierda colombiana, llegó a desempeñarse como secretario del Partido Comunista y desarrolló una intensa labor periodística en Voz Proletaria. Allí escribió con claridad y rigor, analizando la realidad social y defendiendo el papel del arte dentro de los procesos históricos.
Esa reflexión del Maestro Vidales se profundiza en “Tratado de estética” (1945), donde piensa el arte como forma de conocimiento y no como adorno, y también en “La obreriada” (1978), donde su sensibilidad social se hace más explícita sin caer en el panfleto. Incluso cuando se acerca al mundo del trabajo y la lucha colectiva, mantiene su distancia crítica, su ironía, su inteligencia.
En el contexto literario de Bogotá, su irrupción fue una fisura necesaria. Abrió la puerta para una poesía urbana, menos solemne, más consciente de la vida cotidiana y sus contradicciones. Su influencia fue lenta pero profunda: permitió que la poesía colombiana pudiera hablar sin levita.
Y, sin embargo, más allá del poeta y del intelectual, queda la imagen íntima: el vecino en bata, el cigarro, la cama llena de libros, la conversación que no termina. Ese hombre que ya había entendido algo esencial: que el verdadero drama del siglo XX no está en los monstruos lejanos, sino en la rutina.
Y entonces vuelve a hablar:
“Yo soy el abominable hombre
del barrio Las Nieves.
No habito las nieves perpetuas
sino una pieza con ventana
que da a la calle.
No tengo el cuerpo cubierto de pelos
ni lanzo alaridos en la madrugada.
Trabajo.
Marco tarjeta.
Pago arriendo.
Cumplo horarios.
Salgo cada mañana
con mi ferocidad cuidadosamente peinada
y regreso por la tarde
con los colmillos guardados en el bolsillo.
Saludo respetuosamente a los vecinos,
hago fila para pagar los impuestos,
y cedo el asiento en el tranvía.
A veces me miro al espejo
y descubro, con espanto perfectamente civil,
que la bestia
ha aprendido a saludar”.
Entre el timbre que suena, los fantasmas que regresan, la obreriada que resiste y la bestia que aprende a saludar, queda Vidales: poeta de la modernidad, pensador crítico y vecino inolvidable de esas noches donde la literatura y la vida eran, simplemente, la misma conversación.
*Escritor, pedagogo y realizador de Radio y Video, fotógrafo y productor de contenidos.